Cuando un estudiante aspira a desempeñarse como arquitecto, frecuentemente ve cómo la carrera de arquitectura desliga el campo laboral de la academia, pues centraliza el diseño y la producción de los objetos que se construyen en la figura del arquitecto, lo que conlleva, por una parte, a que las materias de diseño le sean complicadas, ya que el alumno establece que sus ideas son tan buenas que no deben ser modificadas, sin tomar en cuenta que las decisiones de diseño son siempre colectivas, incluso en sus ejercicios académicos, en donde el profesor y él alinean la forma.

Por otra parte, cuando el alumno termina su carrera se enfrenta al hecho de que mucha gente, sobre todo el cliente, toma muchas decisiones de diseño, estableciendo la intencionalidad de lo que se perfila, quitándole al arquitecto el puesto que durante su formación le dijeron que tenía o tendría.

Estas creencias son reforzadas principalmente por los libros de historia de la arquitectura y por las revistas del medio arquitectónico, quienes adjudican a los arquitectos las obras construidas. Para explicar cómo es que llegamos a pensar de esta forma y como ejemplo, les compartiré tres historias.

La primera, el arquitecto Calatrava demandó por tres millones de euros al municipio de Bilbao porque éste modificó un puente diseñado por él, argumentando daño moral a la propiedad intelectual de autor. Otra historia es  la del arquitecto Wren, del diseño de la Catedral de San Pablo, en donde los clientes, al ver la maqueta, modificaron el diseño provocando el consiguiente enfado de su autor. Finalmente, con la ayuda de miniaturas de la Época Medieval, la historia de la construcción de las catedrales, en la que se muestra la cantidad de personas que participaban en la construcción, incluyendo el cliente, quien en las imágenes contemporáneas desaparece por completo.

Esta última historia intentó explicar cómo se producen los objetos, algo que no ha cambiado a través de los años, y cómo ha cambiado la posición del arquitecto en la producción de los objetos, pasando a ser un completo desconocido hasta antes de la Edad Media, hasta adjudicarse la autoría completa del diseño e, incluso, la propiedad del objeto construido, olvidándose del cliente que pagó el diseño, pagó la construcción y al final del día no tiene crédito.

Las dos primeras historias de terror ubican al cliente como el fantasma que aterroriza al “arqui”, pues modifica y establece la directriz del diseño, algo que naturalmente espanta al arquitecto-artista-diseñador-autor-productor solitario de todo. La última es aún más terrorífica, pues muestra cómo es que tantas personas construyen el objeto arquitectónico y le quita al arquitecto su halo de artista-autor.

Ojalá en la academia podamos entender que el arquitecto es un engrane más en la producción de objetos y nos enfoquemos más en las habilidades y destrezas que se nos exigen en el campo laboral y olvidemos un poco nuestras ínfulas de artistas. Bueno, al menos este es el mensaje que les comparto a mis alumnos de la UNITEC Campus Sur.

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Tópicos: Licenciatura en Arquitectura
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