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Cada primero de octubre me doy un abrazo efusivo, me felicito por ser arquitecto y me consiento todo el día agradecido conmigo por ser tan “arqui” como soy. Pero también me consuelo a mí mismo y me doy ánimos pues este día, más que otros, pienso en lo incomprendidos que somos los arquitectos, aunque no entiendo cómo es que los otros no reconocen nuestra capacidad artística y no nos dan el crédito merecido por nuestro único y exquisito sentido de belleza.

Esta falta de reconocimiento nos ha pasado desde que estudiamos la carrera, cuando nuestros profesores nos juzgan injustamente y rechazan, una y otra vez, los excelsos diseños que les presentamos, los mismos que minutos antes nuestras madres juraban que, después de tanta desvelada, merecían mínimo medalla de oro, si no al diseño sí a nuestra asombrosa resistencia al sueño.

Ya graduados nos sigue sucediendo lo mismo con los clientes, quienes creen que saben más que nosotros en eso del “diseño de espacios”.

No hace mucho, uno de mis clientes causaba estragos en mi autoestima. Diseñaba su casa y nos reunimos para discutir el diseño, en cuanto nos saludamos comenzó la masacre:

-¿Cómo va mi diseño arqui?

-Bien, pero usted entenderá, no es su diseño, es mi diseño.

-Ah que mi arqui, siempre tan bromista. Usted hace los dibujitos esos, no se lo discuto, pero estoy pagando para que haga mi diseño, mi proyecto.

Segundos después, sin esperar a que le contestara, comenzó a ver la muy trabajada maqueta a detalle y me dio una palmada en el hombro.

-¿A poco no se ve bien mi idea? Y usted que quería ponerle arquitos a las entradas que porque se vería muy colonial. No mi arqui, a mi me gusta así, sin esos arquitos que me mostró al principio. Esto ya se ve mejor.

Quise decirle que no era su idea, pero no me dejó hablar pues inmediatamente después me dijo que, sin embargo, algo todavía no le gustaba.

-¿Qué pasaría –me preguntó- si cambiamos esta habitación al otro lado del pasillo? Y con todo el atrevimiento del mundo tomó el pedazo de cartón que representaba esa habitación y despegándola de su base la cambió de lugar.

Yo, con el grito ahogado en el estómago, oculté un rictus de dolor artístico y apunto estuve de retirarme, indignado, de la sala de juntas, pero recordé que tenía que pagar la renta de la oficina y que con lo que le estaba cobrando al cliente podría pagar casi tres meses de renta y decidí que no estaba tan mal la habitación del otro lado del pasillo.

Cuando estaba por terminar tal barbarie llegó la esposa de mi cliente. ¿Ha habido en la historia del arte mayor incomprensión a un artista? No lo creo. El sentido de belleza de la esposa era una verdadera calamidad. Cambió una cosa por acá y otra por allá, no le gustó la cubierta y destrozó parte del proyecto. Cuando intenté calmar sus ánimos vandálicos y trataba de convencerla de no hacer modificaciones, me dijo:

-¿No estamos diseñando (¡dijo estamos!) mi casa? Lo siento, esto no me gusta, y como yo voy a vivir en ella, y no usted, quiero que haga las modificaciones para la próxima vez que nos veamos, a ver si me gustan.

Cuando se fueron, decidí que eso de enseñarles una maqueta a detalle no era lo más recomendable para mí y que mejor les enseñaría nada más planos. Esos nadie los entiende y, como están hechos en computadora, que los rayen lo que quieran, nada más los imprimo de nuevo y listo, tan bonitos mis planos como antes.

Ese día también entendí cuánto los arquitectos necesitamos celebrarnos un día al año, pues hay que sanar las heridas que nos causan los otros que no comprenden que su casa no es su casa, sino del arqui. Si no me creen, nada más revisen las revistas de arquitectura que sí nos entienden y verán que la Villa Savoye es de Le Corbusier no del dueño; los pantalones de Santa Fe son de Teodoro González y no del corporativo Arcos Bosques que lo mandó diseñar y construir; y que el Guggenheim de Bilbao es del arqui Ghery y no del señor Guggenheim y su fundación. Y que, por supuesto, mi casa es mi casa y no del arquitecto que la diseñó, a quien por cierto, para que no se sienta mal, le mando hartas felicitaciones en su día.

M. en Arq. Federico Martínez Reyes

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Tópicos: Licenciatura en Arquitectura, UNITEC, Vida Universitaria
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