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“Si puedo convencer a un alumno de que vale la pena estudiar, superarse y esforzarse, sé que cumplí con la misión de ese día”.

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“No puedo decir que esto sea un sueño hecho realidad, pues de niño no tenía la capacidad de soñar, vivía al día. Hoy siento que renací, soy lo que ayer la vida no me dio la oportunidad de ser”. Así empezó la charla con el Mtro. Gerardo Óliver, docente destacado del Campus Cuitláhuac de la UNITEC, a quien hemos nombrado “profesor del mes”.

Óliver es reconocido por ser un apasionado de la cátedra y por impartir clases de forma dinámica y divertida: en sus clases, un disfraz o una animación digital hacen toda la diferencia. “Lo que la UNITEC me paga lo reinvierto en material para mis próximas clases. Lo hago así porque tengo un compromiso con la sociedad. Muchos años viví con dos pesos en la bolsa, por lo que ahora que llega la bonanza lo aporto a lo que creo es el futuro, las nuevas generaciones de estudiantes”.

 


El también egresado de esta casa de estudios tuvo una infancia rodeada de carencias, por lo que hoy valora lo que ha logrado y busca que más jóvenes como él salgan adelante: “Vengo de una familia que vivió mucha pobreza; para mí estudiar era impensable a los seis años, cuando empecé a trabajar en el Deportivo Oceanía vendiendo frutas y dulces. Al salir de la primaria tenía que recoger mi canasta para vender. En ese entonces no imaginaba estudiar un doctorado, mi pensamiento se enfocaba en sacar un poco de dinero para tener qué comer al día siguiente”.

Su espíritu de superación lo llevó a concluir la primaria y la secundaria, aprobando en examen único el nivel medio superior para llegar a la UNITEC y estudiar una ingeniería.

“En los niveles bajos hablar de educación, así sea pública, es un lujo, desde el hecho de comprar el uniforme. Estudié en otra universidad Diseño Gráfico, pero me salí porque no tenían RVOE (Reconocimiento de Validez Oficial de Estudios). Entonces vine a la UNITEC para saber si me podían revalidar materias y me dijeron que podría continuar en esa carrera o cambiarme a otra. Entonces pensé ‘quiero algo retador’, y por eso decidí estudiar Ingeniería en Sistemas Computacionales”.

La enseñanza no debe ser un proceso forzado

Los números nunca fueron el fuerte de Óliver. “Desde pequeño me presionaban para aprenderme las tablas de multiplicar. La enseñanza era un proceso forzado. No fui alumno de excelencia, pero tampoco podía darme el lujo de reprobar una materia. Cuando era pequeño pensaba que no tenía la capacidad de aprender, me sentía tonto, pues las personas y docentes que me rodeaban no supieron orientarme”, comenta.

Sin embargo, la mamá de Óliver siempre le enseñó a salir adelante. “Me decía: ‘si algo te da miedo, enfréntalo con valentía. Y ahí estaba yo de joven, temeroso, pero esforzándome por poder decir ‘lo logré’”.

Cuando entré a la UNITEC comencé a tener profesores que me decían que no era necesario ser experto en matemáticas ni dar la respuesta en un segundo, sino que debía relajarme, darme un tiempo y reflexionar, lo que me permitió procesar de forma diferente la información. Entonces supe que no era tonto, sino que debía seguir mi propio ritmo y darle tiempo a mi cerebro de comprenderlo.”

Pasión por la docencia

Así fue como Óliver descubrió su pasión por la docencia, al identificar que no todas las personas tienen el mismo desarrollo mental y, si están mal enfocadas, es más difícil que alcancen el éxito.  “Entendí que debo apoyar a las siguientes generaciones para que no tengan esos sesgos cognitivos y puedan reconocer y desarrollar sus propias capacidades. Por ello decidí estudiar una Maestría en Educación y, actualmente curso el Doctorado en Innovación Educativa”.

Óliver recuerda cómo su entonces Director Académico, el Ing. Quiroz, le dio la oportunidad de entrar a trabajar en una empresa de sistemas. Este trabajo le permitió adquirir experiencia en su área de estudio antes de egresar. “No tengo palabras para agradecer su apoyo. Esos ingresos me dieron la oportunidad de seguir con la maestría”.

“El aprendizaje tiene que ser significativo”

Óliver es conocido entre la comunidad del campus por llegar temprano al salón de clases para preparar el ambiente para cada lección. Esto incluye iluminar el salón, disfrazarse o preparar su manual de actividades en realidad aumentada.

El aprendizaje tiene que ser significativo e impactante, si no te impacta difícilmente lo comprenderás. Procuro relacionar conceptos con cosas que tenemos bien aprendidas, por eso ejemplifico con películas o programas… Al entrar a mi salón no soy Óliver, ellos no necesitan a la persona que tiene hambre, que está estresado o es feliz; los alumnos necesitan una imagen a seguir, por eso me gusta disfrazarme con algo que ellos se sientan identificados. Si puedo convencer a un alumno de que vale la pena estudiar, superarse y esforzarse, sé que cumplí con la misión de ese día”.

Óliver no vive de las clases que imparte, sino de su empresa de filmaciones; sin embargo, ser profesor le da sentido a su ser. “Los estudiantes para mí son un Gerardo Oliver a los que quiero impulsar y guiar; ellos son mi espejo, hacen que me vea sentado en esas sillas, escuchando a mis profesores, llenándome de conocimientos y nuevas experiencias. "Para mí, ser docente es una gran responsabilidad. El profesor es una figura de poder que tiene la oportunidad de llevar a las nuevas generaciones al éxito”.

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